Hace unas noches atrás tenía la necesidad de reflexionar, de expresar algo que me rondaba la cabeza y no me dejaba dormir, es sobre la identidad, nuestras certezas y la extraña dificultad de comprendernos así que decidí expresarlo por aquí.
Resulta que hay algo de nuestra civilización que no termino de comprender y me inquieta. Hemos sido capaces de enviar sondas a otros planetas, estudiar galaxias lejanas y desarrollar inteligencias artificiales que hace apenas unas décadas parecían ciencia ficción. Yo nací en 1985: soy de la época en que rebobinábamos los casetes con un boli BIC. Y, sin embargo, seguimos enfrentándonos por territorios, religiones, nacionalidades, ideologías… y hasta por un partido de fútbol. Porque, al parecer, cualquier excusa es buena para dividirnos.
A veces me pregunto si realmente estamos evolucionando.
Bueno, evolucionar, evolucionamos. Darwin tendría algo que decir al respecto. Pero no estoy tan segura de que nuestro progreso tecnológico vaya acompañado de una evolución equivalente en nuestra capacidad para convivir.
(Modo irónica ON)
Hemos aprendido a explorar otros mundos, pero basta con abrir el WhatsApp de una comunidad de vecinos para descubrir que todavía tenemos serias dificultades para compartir un mismo edificio. Y mejor no mencionar la derrama trimestral. Todo un logro evolutivo, ¿no?
(Modo irónica OFF)
El camaleón
Hace tiempo que pienso en el camaleón.
Ese pequeño ser es un verdadero maestro de la adaptación. Puede modificar su coloración para comunicarse, regular su temperatura o responder a las condiciones de su entorno.
Pero hay algo que me fascina especialmente. Puede cambiar de color sin dejar de ser un camaleón.
Nosotros, en cambio, parecemos tener una relación bastante más complicada con nuestra identidad.
Desde pequeños aprendemos a definirnos. Somos de un país, pertenecemos a una cultura, seguimos una religión, compartimos determinadas ideas. Y poco a poco empezamos a confundir esas referencias con algo que debe permanecer inalterable. Como si cambiar de opinión significara traicionarnos. Como si cuestionar una creencia fuera renunciar a nuestra historia.
Yo, por ejemplo, me crié en el catolicismo. Desde entonces he explorado tantas tradiciones espirituales y filosóficas que, si tuviera que definirme por todas ellas, probablemente necesitaría un formulario bastante largo.
Me he acercado al islam, el budismo, la umbanda, el kemetismo, el taoísmo, el hermetismo y el Cuarto Camino de Gurdjieff. He practicado la Wicca, he meditado con monjes tibetanos y también en una derga sufí.
Pero nunca recorrí esas tradiciones con la intención de sustituir una religión por otra. Lo hacía para aprender. Necesitaba encontrar respuestas.
Y había algo que siempre terminaba emocionándome.
La humildad del ser humano frente a la inmensidad del misterio. Esa conciencia de nuestra pequeñez ante algo que no alcanzamos a comprender. Esa necesidad tan humana de encontrar sentido a nuestra breve existencia, de sentirnos amados, protegidos, de no estar completamente solos frente a lo desconocido.
Por supuesto, no todas aquellas tradiciones concebían lo divino de la misma manera. Algunas ni siquiera situaban a un creador en el centro de sus enseñanzas. Pero encontraba preguntas que volvían a aparecer.
¿Qué hacemos aquí?
¿Qué sentido tiene nuestra existencia?
¿Cómo convivimos con la certeza de que algún día dejaremos de existir?
Y me emocionaba descubrir lo semejantes que somos.
Porque detrás de tantas creencias diferentes encontraba seres humanos intentando comprender el misterio de existir.
Sin embargo, somos capaces de levantar barreras precisamente alrededor de aquello que compartimos.
Nos dividimos entre religiones, nacionalidades e ideologías. Defendemos nuestras interpretaciones como si fueran territorios que alguien pudiera arrebatarnos.
Y, a veces, terminamos enfrentándonos por respuestas que nacieron de preguntas muy parecidas.
¿No resulta contradictorio?
Vemos la orilla, pero no el mar
Creo que necesitamos pertenecer.
A una familia, a una comunidad, a un país, a una cultura.
Y no hay nada malo en ello. Nuestras raíces forman parte de nuestra historia. Pero ¿en qué momento esa necesidad de pertenecer se convierte en una frontera? ¿En qué momento dejamos de ver a una persona y empezamos a ver únicamente su religión, su nacionalidad o su ideología?
He vivido en ciudades muy diferentes, algunas tranquilas y otras donde debía aprender a moverme con mayor precaución. Cada lugar tenía sus códigos, sus costumbres y sus formas de entender la vida. Así que aprendí a adaptarme. Pero nunca sentí que necesitara convertirme en otra persona.
No es la ciudad la que me define. Es mi manera de respetarla.
Hoy soy uruguaya y española. Me crié en el catolicismo y he aprendido de tradiciones muy diferentes. Todo eso forma parte de mí. Pero ninguna de esas etiquetas, por sí sola, puede explicar quién soy.
Y después de tantas lecturas, experiencias y preguntas, terminé convirtiéndome en algo bastante difícil de clasificar…Una alquimista que va por libre.
Quizá porque para mí aprender también significa transformar. Tomar aquello que hemos vivido, incluso nuestros errores, y permitir que nos cambie.
No siento que haya traicionado a la niña que creció en el catolicismo. Simplemente he seguido aprendiendo.
Y si mañana descubro algo que me obliga a revisar mis creencias, espero tener la libertad de hacerlo. Porque no quiero defender una idea únicamente porque alguna vez la consideré verdadera. No estoy diciendo que debamos abandonar nuestras raíces, ni que todas las ideas sean igualmente válidas.
Pero sí me pregunto por qué nos cuesta tanto aceptar que nuestra manera de comprender el mundo es solo una perspectiva entre muchas. Tal vez porque confundimos nuestras certezas con nuestra identidad.
Y entonces volvemos a defenderlas, incluso cuando ya no nos hemos detenido a preguntarnos de dónde vienen.
Vemos la orilla, pero no el mar.
Vemos el pequeño territorio desde el que observamos el mundo. Lo que conocemos, lo que nos enseñaron, aquello que nos proporciona seguridad. Y olvidamos que nuestra orilla no es el mar entero. Que al otro lado hay personas mirando esa misma inmensidad desde un lugar diferente.
Sería una quimera pensar en que estemos de acuerdo en todas nuestras respuestas. Pero podríamos empezar por reconocer que muchas de nuestras preguntas son las mismas.
Y entonces vuelvo al camaleón…
A ese pequeño ser capaz de cambiar de color sin dejar de ser él mismo. Nosotros hemos aprendido a transformar casi todo lo que nos rodea. Hemos explorado otros planetas, descifrado parte de los mecanismos de la vida y llegado incluso a construir inteligencias artificiales. Pero seguimos teniendo enormes dificultades para cuestionar nuestras propias certezas, comprender a quien piensa diferente y mirar más allá de nuestra pequeña orilla.
Quizá el mayor desafío de nuestra civilización ya no sea descubrir qué más podemos construir, sino atrevernos a mirar hacia dentro.
Si… hemos sido capaces de crear inteligencia artificial…
Pero ¿seremos capaces de desarrollar la conciencia necesaria para convivir con nuestras propias creaciones?
Y, sobre todo…
¿Habremos evolucionado lo suficiente para sobrevivir a nuestro propio progreso?
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Margaret B. Wallace Araújo
Akhmermet